Archivos de la categoría ‘Amor se escribe sin hache.-’

… aunque tú no lo sepas, si es posible enamorarse de alguien por cómo habla de los libros que lee, las canciones que escucha, las películas que ve, los restaurantes a los que va, las copas que bebe, las noches que agota y las chicas que le enamoran una y otra vez.

Y me lo pregunto ahora, que solo te leo…

¿Podré contestarme algún día…?

 

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Siempre cuesta un poco.

Aunque cada vez menos.

Y no, no tengo claro si eso es bueno, entonces.

La verdad es que ha sido raro. Has sido raro.

Esperaba comprender. Pero sigo sin entender nada.

No hay mal que por bien no venga.

Veremos cómo de malo fue. Y cuán de bueno puede llegar a ser.

Mientras tanto, me quedo con la fase. Con la única fase. (http://wp.me/p1fbay-9o)

Y mira que me lo dije… Que el misterio dura más que la certeza.

Esta caña va a la salud de esos abuelos que saludan a la nieta como si fuese la primera vez que la ven, con mil besos en la frente, y a la amiga de su nieta como si también fuese su nieta, con mil más, después de preguntarle su nombre, y que sacan 20 euros de un sobre viejo y arrugado que viajaba en el bolsillo más recóndito de una barata americana (porque hay que ahorrar…).

Salud!

Y solo había una fase.

Hoy, de madrugada, encontré la respuesta.

Solo había una fase.

Yo no lo sabía.

Pero solo había una fase.

Y Rafael Berrio, primero, e Eef Barzelay, después, quisieron decírmelo.

Pero yo no escuché que solo había una fase.

Y esta mañana ya no hay nada.

Y esta mañana solo quedo yo.

Cerré los ojos y recorrí tu casa.

Fui capaz de escuchar el sonido de la llave en la cerradura. Tu saludo al otro lado de la puerta… Qué tal el día, amor?

También escuché el golpe de la puerta al cerrarse. El golpe que cerraba un mundo y abría el nuestro.

Miré a la izquierda y vi la ventana, con la mesa de Ikea que montamos juntos. La tabla de la plancha y un par de camisas con botones en el cuello. Una corbata burdeos. Una maleta a medio llenar por si había que escapar. También vi el mueble negro y rojo que pinté en varios días, con el pijama puesto, y sentada encima de varias hojas de unos viejos Cinco Días.

Luego di tres pasos y me quedé parada en el medio de la entrada.

A la derecha estaba el sofá blanco con la manta que tantas tardes y noches nos abrigó. Enfrente la tele, con un capítulo de Friends.

Pude mirar por la puerta del balcón. Y ver la gran nevada de hace tres años que cubría aquel patio interior.

Sin querer volví la vista atrás, buscándote, supongo. Y estabas allí… Claro que estabas… De espaldas… En tu mundo… Cantabas algo, pero no pude averiguar qué era esta vez… Disfrutabas cocinando… Aunque de vez en cuando pasabas tu mano por el ratón del ordenador y leías algo… Estabas descalzo, como siempre.

Volví a mirar al frente y empecé a caminar.

De nuevo me paré y miré a la izquierda. Vi el termo del agua y sonreí al recordar los cálculos que hacíamos cuando me tenía que lavar el pelo. También vi todas y cada una de las muestras de geles y champús que fuimos cogiendo en los hoteles en los que estuvimos y que yo coloqué cuidadosamente en la estantería de la ducha que menos me gustaba…

Di otros tres pasos y vi esa habitación. La que me dio tanto como me robó. Y la recordé a ella. Y vi esa caja, con sus cosas. Luego vi mi ropa. Y mi maleta. Abrí los armarios y todo estaba perfectamente colocado. La cama me miró y lloró.

Salí sin mirar atrás. Volví a caminar y me paré de nuevo.

A la izquierda volviste a aparecer tú. Esta vez tenías la cara llena de espuma de afeitar y en la mano la cuchilla. Me miraste y me preguntaste si estabas sexy. Lo estabas, muy sexy, pero no te contesté. Pude ver a tu través y ahí estaba yo tendiendo la ropa. Luego me secabas el pelo.

Y, sin querer, me giré, di dos pasos, y entré en nuestra habitación. Olía igual que siempre. Parecía que aún vivíamos allí. Sentí curiosidad por saber cómo estaba el armario y lo abrí. No pude evitar reírme al ver que mi ropa seguía ocupando dos tercios de su espacio. Menos mal que solo iba a estar dos meses contigo!! Lo volví a cerrar despacio, como si todavía estuvieses dormido en la cama. Y salí de allí.

Recorrí el pasillo, esta vez mirando al frente.

Cuando llegué a la puerta y la toqué por última vez te escuché decir: “Adiós, amor. Que tengas un buen día”.

Un día de una semana de un mes de un año puede no significar nada, o puede significarlo todo.

Cuando te despiertas por la mañana, no sabes lo que va a pasar. No tienes ni la más remota idea de todo lo que puede suceder o de todo lo que puede no suceder.

Si no escribiese estas líneas, habría dejado de ser más yo de lo que un día fui contigo.

Hoy es doce de febrero, de 2013.

Y hubo un doce de febrero de 2009.

Han pasado nada más y nada menos que cuatro años.

Cuando me levanté, aquel doce de febrero que se ha quedado por siempre grabado en mis retinas, nada presagiaba que todo aquello iba a ocurrir, que todo aquello iba a durar, que todo aquello iba a…

Y hoy, doce de febrero, cuando me levanté, nada me hacía pensar que iba a acabarlo así.

Podría ser dramática, y decirte que te recuerdo con dolor en el pecho, con ansiedad, con tristeza y melancolía. Pero si dijese todo eso, te estaría mintiendo. Y eso es algo que no hice en estos cuatro años y que no voy a hacer ahora, sin perjuicio de que las letras me lleven por caminos de desgana y nostalgia, de romanticismo cruel y desolador, de historias de llorar con pequeñas pausas para tomar aire. Tampoco lo voy a hacer ahora aunque suene Yasmin Levy, y ella evoque tu presencia con más fuerza de la debida.

No tengo dolor en el pecho, no tengo ansiedad, ni tristeza ni melancolía.

Te recuerdo con serenidad y hasta con dulzura. Te recuerdo con cariño y con tranquilidad.

Y quiero aprovechar este doce de febrero de 2013 para decirte que pasado un año no, pasados cuatro años, no me he dado cuenta de que aquello era mejor, sino todo lo contrario. Tú no eras para mí y yo tampoco era para ti. Aquello fue mientras duró y luego, como este doce de febrero, se fue acabando, hasta que murió.

No, aquello no era mejor. Aquello no era lo que yo quería desde que dejó de serlo. Y por eso te estaré siempre profundamente agradecida.

Ya sabes que todo depende de cómo se mire… Y yo lo miré bien.

El amor es así, como el fuego; suelen ver antes el humo los que están fuera que las llamas los que están dentro.

Jacinto Benavente.